En la antesala de una nueva final del mundo, hay imágenes que valen más que cualquier análisis táctico. Una de ellas recorrió el planeta después de la victoria épica en la semifinal contra los ingleses: los jugadores argentinos sosteniendo una bandera con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas”.
No fue un gesto improvisado ni una provocación. Fue una declaración de identidad.
La imagen recorrió las portadas de diarios, canales de televisión y agencias internacionales. Llegó a lugares impensados. Nos llegó al corazón y nos emocionó: Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo…
Esta Selección hace tiempo entendió que representa mucho más que once futbolistas.
Cada Mundial construye su propia historia. Algunos se recuerdan por los goles, otros por las atajadas imposibles o por las gambetas eternas. Pero hay torneos que quedan grabados porque consiguen interpretar el estado de ánimo de un pueblo. Y eso es lo que está ocurriendo con la Argentina.
Desde el primer partido, el equipo mostró algo que excede la técnica. Recuperó una palabra que parecía olvidada en el fútbol moderno: pertenencia.
Una camiseta que vuelve a abrazar al pueblo
No importa el barrio, la provincia o la edad.
La Selección consigue algo que muy pocas instituciones todavía logran en la Argentina: representar a todos.
Quizás por eso la emoción que despertó “el trapo” de Malvinas fue tan profunda.
Las islas Malvinas forman parte de la memoria colectiva argentina. Son la historia de quienes combatieron, de quienes no regresaron, de las familias que siguen esperando justicia y de una causa que atraviesa generaciones.
Nuestros jugadores realizaron un maravilloso acto de desobediencia.
Pensado, impensado, tal vez inconsciente. Pero maravillosamente de potrero. Surgió el “atorrante” que todos nuestros jugadores llevan en el ADN.
La épica de un grupo que nunca dejó de creer
Los últimos minutos del partido ante Inglaterra van a ser inolvidables. Por la garra, la entrega, la pasión y el fútbol.
En los abrazos después de cada gol.
En los suplentes viviendo cada jugada como si estuvieran dentro de la cancha.
En un capitán que sigue enseñando que el liderazgo también puede ejercerse desde la humildad.
La épica no nace cuando se gana.
La épica nace cuando un grupo decide correr uno por el otro hasta el último minuto.
El fútbol como parte de la memoria argentina
Hay países donde el fútbol es entretenimiento. En Argentina muchas veces funciona como memoria.
Cada camiseta celeste y blanca carga historias de generaciones enteras.
La de Antonio Rattín estrujando el banderín y sentándose en la capa de la reina.
La de Kempes.
La de Maradona.
La de Messi.
La de millones que encontramos en el fútbol una manera de seguir creyendo. Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo…
Ahora queda la última función

Pase lo que pase, esta Selección ya consiguió algo que no aparece en ninguna estadística: Nos unió.
Nos hicieron llorar por esa forma de gritar nuestro himno nacional. ¿Cómo no quererlos?
¿Cómo no defenderlos cuando desoyeron las advertencias de la FIFA? Los defendemos a muerte porque fueron consecuentes con el grito de batalla de esta selección que se hizo canción: “por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”
¿Cómo no amarlos cuando desoyeron las amenazas de este gobierno apátrida? “Si llevan banderitas de Malvinas los vamos a sancionar”. Patético.
Como dijo el capitán: “Pase lo que pase mañana, este grupo ya escribió una historia que nunca vamos a olvidar y que nadie podrá borrar”.
Ahora nos queda alentar. Gracias jugadores.

