Por Dr. Carlos Hermann Güttner
El próximo objetivo de la guerra en Medio Oriente es difuso y transita peligrosamente de lo político a lo religioso.
Esta complejidad ha sido impuesta por Irán, que convirtió su debilidad táctica en lo que, a medida que transcurren los días, parece ser un error estratégico de los Estados Unidos.
A menos que las partes se avengan a una negociación diplomática, Teherán emprenderá una campaña de resistencia extendida para desgastar a Israel y a Estados Unidos, haciendo que Trump llegue sin chances a las elecciones legislativas de noviembre próximo.
Si Estados Unidos no doblega a los iraníes en unas semanas, es probable que desate una guerra más cruenta para arrastrar a la opinión pública de su frente interno en favor de Trump, evitando su derrota electoral.
Para hacerlo necesitarán infundir temor y conmover los sentimientos de patriotismo de sus ciudadanos. Un incidente de falsa bandera que golpee a Europa o a bases estadounidenses en algún lugar del mundo podría usarse para lograr el objetivo.
A Irán le conviene el retorno de los demócratas porque estos impulsarían el juicio político del presidente, retirarían las fuerzas de Medio Oriente y se concentrarían en Europa para retomar la guerra contra Rusia en Ucrania.
Ni a Rusia ni a Israel les conviene que Trump pierda las elecciones.
Rusia está haciendo fortunas con la guerra por el incremento del precio del petróleo, reduciendo su déficit fiscal, recomponiendo su economía y aliviando la presión de la OTAN en el frente ucraniano.
Israel se quedaría sin la cooperación militar de su aliado estratégico y sus planes de neutralización de Irán, Hezbollah y Hamas se acabarían de un plumazo, quedando rodeado de enemigos ansiosos de venganza.
La asimetría del poder bélico es desfavorable a los persas que, sin embargo, tienen una llave maestra para definir el conflicto: su ciego fanatismo religioso y la convicción de que el verdadero premio está en la resistencia sin tiempo y el martirio de sus combatientes.
Llegado el caso, no tendrían reparo alguno en conducir a su oprimido pueblo al borde de la aniquilación nuclear. Y, en este punto, vale recordar que Estados Unidos es el único país de la Tierra que ha usado dos veces su poder atómico para dirimir una guerra, trasponiendo los límites de la disuasión con el uso efectivo de la opción apocalíptica.
Nadie más, en toda la historia, se atrevió a asumir un riesgo de tal magnitud con tal de conservar su hegemonía. Casi todas las contiendas bélicas se desatan por una motivación económica.
Probablemente, asistimos, sin darnos cuenta, a un desenvolvimiento inédito donde el elemento político prevalece por la connotación religiosa fundamentalista de uno de los contendientes que, en su extremismo dogmático, puede remover los cimientos igualmente espirituales de su oponente, constituidos en la convicción del destino manifiesto y en los postulados malthusianos y calvinistas de su identidad nacional.
Volver a las cruzadas y a las guerras de religión
Si los acontecimientos decantan en lo que Huntington designó con el nombre de “choque de civilizaciones”, el mundo occidental retornará a escenarios que no se veían desde las Cruzadas y las guerras de religión que dieron paso a la Paz de Westfalia
(1648).
Como quiera que sea, la racionalidad occidental expresada en el axioma clausewitzianode subordinación del punto de vista militar al político se pondrá a prueba frente al integrismo religioso de la teocracia musulmana, una dimensión escasamente
comprendida por los estrategas seculares de Washington.
Los antecedentes inmediatos de Afganistán no son auspiciosos para Estados Unidos y cualquier error de cálculo, a esta altura de los acontecimientos, puede desembocar en un pandemónium nuclear.
Existe una brecha tan amplia como infranqueable entre la racionalidad materialista del pensamiento occidental y el integrismo religioso del pensamiento musulmán chiita.
No es lo mismo luchar para imponerle la voluntad al enemigo en la tierra que hacerlo para ganar el paraíso en el cielo.
Si no hay negociación diplomática, el que se anticipe a una solución drástica descomunal será el vencedor.

