Incendios en la Comarca Andina: abandono estatal y respuesta comunitaria

Por Leticia Landalde

El 5 de enero comenzó el primer foco en Puerto Patriada, provincia de Chubut, que ya arrasó con 15.000 hectáreas aproximadamente, destruyendo bosques nativos, viviendas y animales. No es la primera vez que pasa y todo indica que no sería la última.

Temperaturas que superan los 30°, fuertes vientos, sequía, invasión y monocultivo de pinos y el abandono del Estado, convierten el escenario perfecto para la propagación del fuego. 

Sergio Torrego es docente, productor agroecológico y brigadista autoconvocado. Trabajó activamente en combatir el incendio de 2025 en Mallín Ahogado, a unos 15 kilómetros de El Bolsón, y este año se sumó en la lucha contra el fuego en Puerto Patriada junto a vecinos del Paraje Entre Ríos de Lago Puelo. 

En este contexto, sostuvo que uno de los grandes reclamos de la Comarca es la falta de inversión estatal, en especial, cuando se sabe que están dadas las condiciones para que sucedan estas catástrofes.

Torrego explicó que tanto Chubut como Río Negro, son provincias centralizadas en la costa, prácticamente vaciadas en la meseta y bajamente pobladas en la cordillera.

“Esa asimetría no es negligencia, sino que es una forma de ordenamiento territorial”

Cuando hay un vacío estatal, advirtió, “es el capital privado el que ordena la vida comunitaria”. Dijo estar convencido de que “el enorme motor detrás de este proceso es la presión inmobiliaria, que a veces se manifiesta en forma de fuego y otras veces en forma de tala o en la apropiación de tierras fiscales”.

También criticó el discurso de los gobiernos provinciales sobre que, una vez iniciados, los incendios forestales son incontrolables. 

Torrego sostuvo que esa mirada “no solamente es ineficiente, sino que además quita del centro de atención la responsabilidad del Estado que está justamente para cuidarlo.”

Sergio Torrego es docente, productor agroecológico y brigadista autoconvocado

Para Torrego no solo hay que poner el foco en la intencionalidad y en buscar culpables, sino también en la prevención. 

Dijo que el fuego “no se expande y no se convierte en un incendio catastrófico si el bosque nativo y si los pinares promovidos por la Secretaría de Bosques de Chubut, hubieran sido manejados como prometieron.”

Señaló que debe trabajarse durante todo el año con cortafuegos, limpieza, podas, creación de nuevos tanques cisternas y la capacitación de los voluntarios. 

También se refirió al desfinanciamiento en todos los niveles y mencionó las condiciones precarias de los cuerpos de brigadistas institucionales, a quienes les adeudan “mejoramiento de los vehículos, de indumentaria y de los salarios”. 

De hecho, el reclamo de los brigadistas tiene ya una larga historia, pero se hace visible ante eventos tan dramáticos como los incendios. A mediados de enero, difundieron un mensaje que se viralizó en res sociales mientras combatían el fuego en el Lago Menéndez, en Chubut. 

Allí, el brigadista Fabián Lagos, del Parque Nacional Nahuel Huapi, expresó que piden “lo esencial: un salario digno, una planta permanente y una jubilación acorde”.

Sus sueldos varían entre 600 y 850 mil pesos, muy por debajo de la canasta básica. Además, trabajan de manera precaria, muchas veces sin herramientas ni ropa adecuada. 

A pesar de la falta de respuesta del gobierno, siguen poniendo el cuerpo durante largas jornadas, luchando contra el fuego de manera heroica.  

Consecuencias y colapso en la producción

Cientos de familias quedaron sin nada en los últimos años a raíz de los incendios. “Me fui con lo puesto” no es una frase hecha: es la realidad de quienes tienen que evacuar de un momento a otro cuando el fuego se aproxima inevitablemente. No sólo pierden sus casas, muchas veces pierden sus trabajos en chacras, producción, talleres de artesanías y distintos emprendimientos. Pierden su proyecto de vida. 

“Para alguien que tiene animales, haber perdido todos los alambres, el bosque nativo y hectáreas y hectáreas de pastos silvestres, que son toneladas de kilos de forraje, el precio es incalculable”, reflexionó el brigadista.  

Estas actividades ya sufren dificultades económicas previas a los incendios. Deben sostener una cámara de frío con altos costos de electricidad, o se enfrentan a problemas en sus cultivos por la falta de agua. 

“A eso le sumas un incendio y para muchas familias es la gota que rebalsa el vaso para decir ´cierro todo, vendo todo, no produzco más´”, señaló con preocupación. 

“Las ganas de participar del pueblo comarcal son incontenibles”

En este y otros incendios, la ayuda de la población comarcal con las familias que perdieron todo es invaluable: “las brigadas autogestivas han salvado un montón de casas, chacras y han hecho que el tránsito de esa catástrofe sea más ameno, más humano”. 

Torrego destacó que no solo apagan el fuego o ayudan en las evacuaciones, sino que contienen a las víctimas en momentos de desesperación y angustia: “te tomás un mate, charlás, le das un abrazo, le ayudás con la mascota que estaba perdida, a comunicarse con un familiar. El acompañamiento que se hace es enorme”.

La solidaridad también se manifiesta fuera del territorio. Vecinos e instituciones colaboran de distintas maneras: preparan viandas en escuelas y centros culturales y deportivos, realizan rifas, colectas  y festivales solidarios. Reciben donaciones que clasifican y envían a las familias damnificadas. 

Se organizan espontáneamente para llegar a la mayor cantidad de familias evacuadas, ponen a disposición sus vehículos para trasladar donaciones y ofrecen sus hogares para descansar o tomar una ducha. La unión que se percibe en este contexto es inmensa. 

La angustia de todos los veranos

Quienes viven en la Comarca Andina están acostumbrados a una alerta permanente durante los meses de verano: compra de bombas de agua para regar o mojar en cercanía de las viviendas, grupos electrógenos por los reiterados cortes de energía eléctrica, dar aviso por cualquier columna de humo, tener un bolso preparado con lo más importante en caso de evacuar, organizarse con vecinos, tener reservorios de agua y un largo etcétera que incluye la incertidumbre de no saber en dónde será la próxima tragedia. 

“Nos robaron la alegría del verano”, afirmó Sergio lamentando la situación. “Ya no es la época del año esperada por todos, ahora es la época temida y ya no nos queda, dentro del ciclo estacional, algo que esperar con ansias y con alegría. Eso rompe la circularidad temporal de vivir en este lugar”, agregó. 

El después. El juntarse para reconstruir. Las mingas, trabajo colectivo voluntario que reúne a vecinos y familias, se reproducen en todos los lugares arrasados. 

El trabajo comunitario apacigua el dolor, al menos por un rato. Sergio destaca el sentido político de esa organización:”para cualquier comunidad es importante tener vecinos que saben organizarse para un incendio, para una inundación, para una pandemia o para lo que sea, esa base de organización ya queda, queda en la comunidad”. 

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