Los otros monstruos

Por Carlos Del Frade

El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos – escribió Antonio Gramsci en sus “Cuadernos de la cárcel”, hacia 1930.

El diccionario etimológico de Joan Corominas dice acerca de la palabra monstruo que apareció en la lengua castellana en el año 1607 y que antes se utilizaba mostro, desde el año 1250. Agrega que viene del latín monstruum, alteración, prodigio que parece derivar de monere, avisar, por la creencia en que los prodigios eran amonestaciones divinas. De acuerdo a la etimología, entonces, la alteración del monstruo sirve de advertencia, de amonestaciones supuestamente divinas. Señales que aparecen en el presente, pero que dibujan la fragilidad de lo humano y su complejidad.

En los primeros treinta años del siglo veinte, la multiplicación de las llamadas crisis económicas produjo, entre otras manifestaciones, el cine de terror. Su cuna fue la industria cinematográfica estadounidense, especialmente después del crack financiero de 1929, donde el miedo real y concreto anidaba en millones de familias desocupadas. La Universal Pictures construyó una especie de galería de los llamados “monstruos clásicos”, entre los que estaban “El fantasma de la Ópera”, “Drácula”, “Frankenstein”, “La Momia”, “El hombre invisible”, “El hombre lobo” y “La criatura de la laguna negra”. En esta arbitraria selección de los renglones que siguen aparecerá el doctor Jekyll y el señor Hyde.

Pero para la historia oficial de los “monstruos clásicos”, las principales estrellas fueron Bela Lugosi, Boris Karloff y Lon Chaney hijo y es catalogado este universo de monstruos clásicos como el primer universo cinematográfico de la historia.

La reciente película sobre Frankenstein del año 2025, generó una serie de reflexiones que resultan interesantes a la hora de pensar la historia contemporánea en esta única cápsula espacial llamada planeta Tierra, cada vez más saqueado. Es así que iremos compartiendo algunas perspectivas sobre lo monstruoso en estos tiempos de antihumanismo beligerante, como diría el filósofo Eric Sadin.

Los países y las sociedades Frankenstein

La nena está al borde del estanque y de pronto aparece el monstruo. La chiquita no se asusta y le regala una flor. Es una de las imágenes más perdurable el cine norteamericano.

Aquella imagen era el trabajo del actor Boris Karloff, que muchas veces fue la cara y el cuerpo de Frankenstein, la criatura creada por alguien que desafiaba a Dios y las supuestas leyes naturales.

La ilusión de Prometeo, como era el subtítulo de aquella novela escrita por Mary Shelley hacia 1818, cuando estas tierras ni siquiera se llamaban Argentina. Karloff, cuentan sus biografías que aparecen en las redes, había nacido en Londres y en 1931, apenas dos años después del crack financiero, en plena “depresión”, interpretó a uno de los más famosos monstruos de la industria cinematográfica norteamericana.

Monstruos que más allá de las cuestiones personales parecen espacios, lugares de encuentro de valores, sentimientos y miedos diversos.

Como si los monstruos fueran, en realidad, zonas de fronteras existenciales.

Como las terminales de colectivos, como la frágil distancia que muchas veces parecen separar al bien y el mal que definen por penal, como canta “Divididos”.

Zonas de fronteras existenciales, los monstruos más famosos del cine y que llegan a toda la cápsula espacial llamada planeta Tierra, aunque la mayoría de ellos tenga el sello de la industria cultural del imperio.

Países enteros que a la hora de trazar líneas de memoria no hacen más que efectuar la operación del doctor Frankenstein. Recortar cuerpos de mujeres y hombres famosos de esos pueblos para intentar entender el presente de esas naciones, de esas identidades colectivas.

Pero la historia original lleva el desafío supremo de crear vida desde los pedazos de gente muerta. La tremenda ilusión del doctor Frankenstein.

O devolver a la vida aquellas partes de los que ya piantaron hacia otro lugar del cosmos.

Osvaldo Soriano en su maravillosa novela “El ojo de la patria”, inventa la necesidad de recuperar el cadáver de un viejo y entrañable revolucionario de mayo de 1810 para volverlo al presente.

Por las dudas, durante muchas décadas, la idea que cierta gente pueda resucitar generó la costumbre de robar los cadáveres justamente para que no vuelvan a molestar. Desde Mariano Moreno a Evita, desde la cabeza de Pancho Ramírez a los cuerpos de las desaparecidas y los desparecidos. No sea cosa que un criollo doctor Frankenstein los trajera una vez más a estos atribulados arrabales del mundo.

Frankenstein es el resultado del monstruo que lo creó y avanza contra él. La nueva versión cinematográfica lo identifica con un solitario que busca el sol como sinónimo de una vida mejor dentro de lo posible de su situación.

Una lejana premonición sobre títeres y titiriteros, económicos, sociales, políticos y culturales.

¿Cuántas memorias alberga una persona construida de muchas otras? En la última película de Benicio del Toro, hay una escena en la que la criatura cuenta que sueña diferentes situaciones que proceden de esos fragmentos que le dan algo más que su cuerpo y esqueleto. ¿Cada trozo de persona diferente que constituyen su cuerpo también impone una memoria distinta, pero que convive con las otras?

¿Serán los pueblos, en definitiva, Frankenstein que buscan destruir a sus monstruosos creadores que se creen eternos e impunes?

Publicado en pelotadetrapo.org.ar

Autor

  • Periodista de investigación. Escritor. Diputado provincial de Santa Fe.

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