Hace un año El Economista preveía la acción de Trump en Venezuela
“La ausencia de Putin y sus ministros en la asunción de Nicolás Maduro podría ser una señal de manos libres a Trump en Venezuela, si quisiera”, escribimos el 14 de enero de 2025
Por Oscar Muiño
Donald Trump no cree en la multilateralidad, los tratados ni la ley internacional. La acción para secuestrar a Nicolás Maduro exhibe su fe en la fuerza bruta para imponer la voluntad al prójimo. Por eso respeta a Moscú y Beijing, cuyas capacidades- aunque inferiores a la norteamericana- los convierten en la potencia decisiva de sus continentes.
Como visión global, combina con la histórica preferencia rusa de crear áreas de influencia, implícita en su expansión imperial. Y también la cuestión seguridad, habida cuenta de la larga lista de invasores. “Ningún precio en terceros países debiera ser caro para Rusia, si logra los territorios ucranianos en disputa”, decíamos en esos días inaugurales de la presidencia Trump.
Para aislar a China -su desafío estratégico- Estados Unidos confía en sus socios asiáticos, empezando por Japón, Corea del Sur y Taiwán, además de Australia.

Para Beijing es un desafío.
China no desea un enfrentamiento -al menos por ahora – y busca mostrarse como garante de la globalización, obediente al principio de no intervención de la Carta de Naciones Unidas. En términos teóricos, funciona. En la práctica, las reacciones sólo verbales ante actos agresivos conllevan alto riesgo. Muchos pueden dudar de la conveniencia de acercarse a una potencia que nada parece hacer para defender a sus amigos bajo ataque.
En 2025, fue devastado el poder militar, diplomático, reputacional y político de Irán (miembro de BRICS) y sus aliados Hezbollah y Hamas sin que China moviera un dedo. Lo mismo parece ocurrir en Venezuela. Algunos pueden decidir que es preferible tratar de arreglar con Washington.
En parte por el descrédito de Maduro y su régimen. También por la impotencia del liderazgo latinoamericano para encarar y resolver el tema. Los memoriosos recuerdan como la Argentina de Raúl Alfonsín y el Brasil de José Sarney inventaron el Grupo de Apoyo a Contadora que bloqueó la inminente acción militar norteamericana contra Nicaragua.
Aquella exitosa acción no buscaba defender al gobierno sandinista sino rescatar un viejo principio de la región: evitar que los grandotes -nadie tan gigantesco y temible como el vecino del Norte- se acostumbren a la unilateralidad. Y lograr que los latinoamericanos no se resignen al vasallaje. Pasaron cuarenta años.
El olvido del pasado difícilmente ayude para construir el futuro…
Publicado en eleconomista.com.ar

