Por Lucio Venditti
El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió a gran escala Ucrania, en lo que el Kremlin denominó su “Operación Militar Especial”, donde esperaba que sus fuerzas tomaran el control del país vecino en solo 10 días.
Más de 1.450 días después, ese período de tiempo fue un error de cálculo fundamental que ha tenido un costo devastador en dolor, destrucción y derramamiento de sangre.
Desde hace cuatro años, el conflicto –el más mortífero en Europa desde la Segunda Guerra Mundial– dejó decenas de miles de civiles y cientos de miles de soldados muertos en ambos bandos.
El antecedente de la invasión fue la anexión ilegal de Crimea a principios del 2014, que se produjo en un escenario político convulsionado por las protestas contra el presidente prorruso de Ucrania, Víktor Yanukóvich, quien terminó abandonando el país.
Para Moscú, esa región tiene un importante valor estratégico, ya que Rusia no tiene salida a mares cálidos y, el puerto de Sebastopol, en Crimea, era vital para los rusos que, hasta ese momento, tenían que alquilarle a Ucrania un espacio para su flota en el Mar Negro.
En marzo de 2014, los rusos de Crimea convocaron a un polémico referéndum, obteniendo como resultado que el 96% de los habitantes aceptaba la adhesión de Crimea a Rusia.
El presidente ruso, Vladímir Putin, se apuró a defender la legalidad de la votación, mientras que el gobierno de Kiev lo condenaba. Inmediatamente, Crimea y Sebastopol pasaron a formar parte de la Federación Rusa, y en su discurso ante la Duma (el Parlamento), el jefe del Kremlin aseguró que Crimea es “tierra santa rusa”.

Rusificación
Tras cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, las demandas de Putin son que Ucrania ceda el último 20% de la región de Donetsk que aún controla, que todo el territorio ocupado sea reconocido internacionalmente como ruso (por caso Lugansk), que el ejército de Ucrania se reduzca al mínimo, al punto de quedar sin poder, y que la idea de Kiev de ser miembro de la OTAN se descarte para siempre.
Si a eso le agregamos lo ocurrido con Crimea hace 12 años, muchos analistas describen la situación como la “rusificación” forzada de Ucrania.
Las víctimas
Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), con sede en Estados Unidos, hasta 325.000 rusos han muerto en los últimos cuatro años; para dar contexto, eso es el triple de las pérdidas combinadas infligidas a las fuerzas estadounidenses en todas las guerras que Washington ha librado desde 1945, incluidos las de Corea, Vietnam, Afganistán e Irak.
Los muertos en Ucrania oscilan entre 500.000 y 600.000 personas, mayor que todas las bajas sufridas por “cualquier potencia importante en cualquier guerra desde la Segunda Guerra Mundial”, afirma el informe del CSIS.
Ucrania no solo es un frente militar activo en el corazón de Europa: es también el escenario de una de las crisis humanitarias más profundas del Viejo Continente en décadas.
Las cifras de muertos y heridos, el colapso de infraestructura vital, la emigración forzada y la erosión de las condiciones básicas de supervivencia han reconfigurado la vida cotidiana de millones de personas, principalmente en Ucrania, aunque también al otro lado de la frontera.
La economía rusa
El gasto militar ruso aumentó y su economía prosperó, impulsada por las exportaciones de petróleo y gas, desafiando las predicciones occidentales de colapso económico, convirtiéndose en la novena economía más grande del mundo en 2025, según el Fondo Monetario Internacional.
Pero ya hay señales crecientes de un sufrimiento financiero creciente, vinculado a una economía de guerra distorsionada.
Un problema es la práctica cada vez más costosa de ofrecer grandes bonificaciones a los rusos que aceptan unirse al ejército, además de pagos aún mayores si mueren en combate.
En el mundo
Detener una mayor expansión de la OTAN fue una de las principales razones por las que, según los militares rusos, se lanzó la invasión de Ucrania.
El hecho de que Suecia y Finlandia se unieran a la alianza como resultado directo de la invasión a gran escala es un claro fracaso de ese objetivo: la adhesión de Finlandia por sí sola más que duplicó la frontera terrestre entre Rusia y los estados de la OTAN.
Las sanciones occidentales y el aislamiento político han obligado a Rusia a profundizar su alianza con China, de la que ahora depende cada vez más para el comercio esencial, desde las exportaciones de energía hasta las importaciones de automóviles y productos electrónicos.
Moscú también parece incapaz de evitar la erosión de su influencia tradicional en otras partes del mundo.
En 2024, el Kremlin se vio obligado a evacuar y conceder asilo a su aliado sirio, Bashar al-Asad, tras ser derrocado por las fuerzas rebeldes. Rusia aún mantiene dos bases militares.
El año pasado, Rusia permaneció impotente mientras los aviones de guerra estadounidenses e israelíes atacaban a Irán, otro socio clave del Kremlin en Medio Oriente, contra sus instalaciones nucleares.
A principios de año tampoco pudo proteger al presidente venezolano, Nicolás Maduro, una figura con estrechos vínculos con el Kremlin, de ser capturado por tropas estadounidenses en su dormitorio en Caracas.
Es posible que Rusia nunca hubiera podido evitar que estos acontecimientos se desarrollaran, incluso si no estuviera ya al límite de sus posibilidades y estancada en Ucrania.
Pero después de cuatro años de una guerra agotadora que ha tenido consecuencias terribles para Ucrania, Rusia ha quedado disminuida en el escenario internacional.

Biden y Trump
Rusia fue golpeada por sanciones internacionales, principalmente de Europa y Estados Unidos. Al año siguiente del inicio de la invasión, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Putin.
En ese marco, el presidente de EE.UU. cuando empezó la guerra, Joe Biden, alineó a su país con Europa en la OTAN para el apoyo militar a Ucrania.
Pero el regreso de Trump a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 trajo consigo un cambio de estilo, un cambio de lenguaje y una actitud totalmente distinta de Washington hacia Moscú.
En febrero del año pasado, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, sufrió una encerrona en la Casa Blanca por parte de Trump, quien lo humilló públicamente y le dijo que “no tiene buenas cartas en esta partida”.
Con la supresión de la ayuda norteamericana a Ucrania (financiera, armamentística y en inteligencia), solo la Unión Europea quedó como sostén militar de Zelenski.
Después vinieron los contactos telefónicos de Trump con el líder del Kremlin y en agosto pasado la fallida cumbre en Alaska, que no tuvo ningún resultado positivo para lograr un alto el fuego y terminar con la guerra.
Hoy, pese a la promesa de Trump de terminar la guerra apenas llegara a la Casa Blanca, las conversaciones para lograr un acuerdo que ponga fin al conflicto no avanzan y siguen estancadas.
Putin especula con la continuidad de la guerra y con las urgencias de Trump, en el medio de las diferencias del magnate republicano con los países de la Unión Europea (UE) y con Zelenski, a quien prácticamente le pide que acepte una rendición incondicional.
En ese marco, los líderes de Rusia y Estados Unidos se están repartiendo negocios y esferas de influencia al margen de los principios estructurales del derecho internacional.
Ucrania se convierte en objeto de rapiña económica para Trump. Un expolio que se anticipaba hace unos meses, cuando se firmó el acuerdo sobre la explotación de las “tierras raras”.
Para Putin, Ucrania es parte del “patio trasero” de Rusia, es una perspectiva geopolítica central para el Kremlin, que busca mantener influencia sobre sus vecinos ex-soviéticos, evitar la expansión de la OTAN y la UE.
Casualidad, o no tanto, lo mismo que piensa Trump y Estados Unidos de América Latina, y explican el secuestro en Venezuela de Maduro y su esposa, la amenaza de invadir Cuba o quedarse otra vez con el Canal de Panamá.
Mientras tanto, el conflicto de Ucrania entra en su quinto año, y el baño de sangre militar solo está empeorando y aumentando de forma sostenida a medida que pasa cada día.-

